400 años de la riada que destruyó parte del Puente Romano

La mayor catástrofe natural documentada en la Salamanca moderna llegó sin dar tregua, en pleno invierno de 1626. Tras días de lluvias persistentes y el deshielo acumulado en la sierra —las crónicas citan explícitamente la sierra de Béjar— el Tormes y el Zurguén se desbordaron y convirtieron la vega y el arrabal en un torrente nocturno. La memoria de aquella crecida quedó fijada en relaciones de sucesos, cartas y recopilaciones posteriores, hasta recibir el nombre con el que ha pasado a la historia: la riada de San Policarpo, por coincidir con la onomástica del 26 de enero.

Las fuentes coinciden en que la avenida se desencadenó durante la tarde y la noche del 26 de enero (entre el 26 y el 27, según los relatos), con un crecimiento rápido del caudal en un intervalo de horas. Una de las narraciones más citadas —atribuida al bachiller Finardo Valerio en forma de “relación” o carta— sitúa el momento crítico “a las nueve de la noche”, cuando llega “la inhumana crecida” que ya desborda “todos los ojos de la puente”.

Esa descripción no es anecdótica: apunta a un patrón típico de avenida invernal por combinación de lluvias y fusión nival en la cuenca alta, que multiplica el caudal en poco tiempo y golpea especialmente a los asentamientos pegados a la ribera.

El número de víctimas es el dato más sensible y, a la vez, el más difícil de fijar con precisión por la naturaleza de los recuentos de la época. Algunas síntesis y recopilaciones modernas hablan de 150 fallecidos. Otras referencias concretan 142 muertos, con la idea de que fueron sorprendidos de noche. Las crónicas cuentan que los días posteriores siguieron apareciendo cadáveres bajo la arena y flotando en el río.

Qué se destruyó: arrabal arrasado, conventos dañados e infraestructuras clave perdidas

Los daños se concentraron en la vega y el arrabal del entorno fluvial, con destrucción de viviendas y edificios religiosos. En la relación citada por estudios posteriores se enumeran conventos afectados en el arrabal y se describe cómo el agua anega “todas las casas y conventos” asentados en la vega.

Además del golpe humano, la riada tuvo un efecto crítico sobre el abastecimiento: se documenta la destrucción de molinos (y edificios vinculados al grano), con pérdida de víveres que agravó la situación posterior.

En la provincia, distintas reconstrucciones históricas señalan incluso la desaparición o desplazamiento de pequeños núcleos ribereños tras el desastre, como ejemplo del alcance territorial del episodio.

El Puente Romano: el colapso en cadena y el papel del castillete

Uno de los símbolos materiales del desastre fue el Puente Romano (Puente Mayor del Tormes). La tradición historiográfica local resume un patrón: el puente queda muy dañado en algunos arcos y se produce un desplome progresivo que se detiene en el castillete central, que actuó como “punto de corte” del colapso.

Esa idea —la rotura y el freno en el castillete— es coherente con la lógica estructural de un puente largo segmentado por una obra intermedia: cuando se pierde una secuencia de arcos y tajamares, el daño puede propagarse “en cascada” hasta encontrar una discontinuidad constructiva.

Aunque el Ayuntamiento de Salamanca ya no recuerde a las víctimas de esta catástrofe, desde nuestro medio de comunicación no queremos que caigan en el olvido.