[Ciudad Rodrigo, lo que las piedras callan] Irueña, una joya arqueológica aún por explorar

Teniendo en cuenta que solo se puede amar aquello que se conoce, desde Ciudad Rodrigo, lo que las piedras callan queremos aportar nuestro granito de arena para dar a conocer esta joya vetona, pues conocerla resulta un requisito esencial para que en yacimientos ubicados en medios rurales, como es el caso del castro de Irueña, se puedan desarrollar las estrategias de investigación, protección y difusión que merecen.

Los vetones fueron los habitantes prerromanos de las tierras situadas por el Sistema Central, ocupando prácticamente la totalidad de la provincia de Ávila, buena parte de las de Salamanca y Zamora, el sector oriental de la provincia de Cáceres, el occidente toledano y la zona del noroeste portugués.

Algunos historiadores romanos, como Livio y Apiano, los presentan como un pueblo de vida sobria y carácter guerrero que participaba en los continuos enfrentamientos bélicos, junto al resto de pueblos celtíberos, durante los dos primeros siglos de la conquista romana.

Los castros son núcleos fortificados emplazados estratégicamente para el control del territorio, por lo que se asentaban en un lugar elevado, cuyas defensas naturales eran reforzadas por sus habitantes. Estas comunidades indígenas se organizaban en territorios políticos de distinto tamaño.

El conjunto de estos pequeños núcleos estaba articulado por un oppidum o castro, que correspondería a la capital y sede de las instituciones civiles y religiosas de la zona. Por lo tanto, los oppida consistían en pequeñas ciudades-estado que basaban su organización en el dominio de otros emplazamientos agrícolas situados a sus alrededores durante la Edad de Hierro [1].

Ubicado a 4 kilómetros y medio al sur de la localidad salmantina de Fuenteguinaldo se encuentra el Castro de Irueña, levantado sobre la Edad de Hierro (VI-V a.C.), aunque se cree que su vida política más activa pudo datarse entre los siglos I al IV, periodo en el que se contextualiza la mayoría de los restos constructivos hallados.

Los vetones, de origen celta y carácter guerrero, basaban su principal actividad económica en la ganadería. El ganado les aportaba carne, leche, piel, cuero y huesos y astas para la realización de instrumentos y herramientas. En la actualidad, la ganadería continúa siendo la principal actividad económica en la mayor parte de las zonas rurales de la provincia salmantina.

La cultura de estos primeros pobladores está asociada a la adoración de los verracos. Del yacimiento de Irueña se ha recuperado un verraco conocido como La Yegua, una enorme escultura de tres metros de largo. Se trata del mayor verraco completo que existe en la actualidad. A pesar de que la cultura popular siempre la ha denominado La Yegua, según los especialistas se trataría de un macho, pues no se han hallado verracos hembra. Permaneció partida entre el cuerpo y la peana durante siglos y, debido a la ignorancia y a la codicia de unos buscadores de tesoros que hicieron caso a la errónea y dañina creencia de que la escultura albergaba un tesoro en su interior, la dinamitaron a principios del siglo pasado. Gracias a un proyecto emprendido por el Servicio de Arqueología de Salamanca en 2017 se procedió a su reconstrucción.

La gran escultura fue labrada en un solo bloque granítico al que Gregorio Manglano, uno de los máximos estudiosos de verracos, hizo pruebas geológicas que determinaron que el gran bloque había sido transportado hasta el castro desde las canteras de Peñaparda, al otro lado del río.

La yegua de Irueña.

Por norma general, los vetones colocaban los verracos de dos en dos en la parte exterior de la puerta principal de la muralla, por lo que, en el caso de que la Yegua esté en su ubicación original, como se cree, sería algo muy poco habitual, pues se encuentra en la parte interna del recinto amurallado. Según citan los investigadores que visitaron el castro a principios del siglo XX, en Irueña había cuatro verracos de menor tamaño que desaparecieron. Uno de ellos lo citó Maluquer, alude a él como un verraco roto, de 1.03 metros de largo por 0.47 de alto, que se encontraba ubicado en el extremo opuesto a donde se hallaba la Yegua, junto al muro.

Por suerte, la Asociación de Amigos del Castro de Irueña, daba a conocer una buena noticia en 2016, la recuperación de uno de estos cuatro verracos. Se trata de la escultura que citaba Maluquer, fue localizada en la pendiente nororiental del castro, hacia el río Águeda, y parece representar un suido en posición de acometida.

Chema Dorado, miembro de la directiva de Amigos del Castro de Irueña, junto al hallazgo.

 

Irueña, como la mayoría de castros salmantinos, está ubicado en una plataforma elevada y circundada por el río. Por el Este, el Águeda y por el extremo septentrional del castro el arroyo Rolloso que se une junto al menor Valdecasa, lo que da forma a un espigón bien defendido. Como ya se ha indicado, los vetones elegían estos lugares elevados y de difícil acceso junto a fuentes de agua y vías de comunicación. Las defensas naturales que ya de por sí poseía el terreno se complementaban con otras artificiales: murallas, torres, fosos y campos de piedras hincadas.

La muralla de Irueña, de trazado sencillo, se construye sin cimentación, sobre la base natural, con mampostería de pizarra en seco. Se desconoce la altura que tuvo pero, por si pudiera servirnos de referencia, en el castro el Picón de la Mora aún se conservan cuatro metros, cinco en la Corraja y seis en Yecla de Yeltes. En el caso de Irueña, en algunos tramos aún se llegan a conservar más de dos metros de altura y en longitud, 1.822 metros, que encierran un espacio de 14 hectáreas, llegando a 27 si contamos también los recintos exteriores. Una extensión enorme si se compara con cualquiera de los castros de la provincia, incluso superior a la contemplada para los yacimientos prerromanos de Ledesma y Salamanca [2]. Las murallas vetonas, adaptadas al relieve del terreno, a veces tenían bastiones, sobre todo en las puertas, aprovechando al máximo los tiros cruzados. Se remataban con una empalizada de postes de madera, o de adobes, especialmente en los accesos.

Algunos estudios aseguran que en la antigüedad, Irueña fue una gran e importante ciudad que albergó palacios, templos y grandiosos monumentos. Para hacernos una mejor idea de su magnitud, su recinto amurallado no es menor al de Ávila. Se especula que, al igual que muchos de los castros de la zona, el castro debió contar con un campo de piedras hincadas en el exterior del recinto amurallado. Aunque hasta ahora no ha sido hallado, es posible que las piedras hayan sido eliminadas o se encuentren bajo tierra.

El castro debió contar con varias puertas de acceso. Si seguimos el trazado de la muralla, el cual es sustituido por terraplenes en el extremo sur, se puede intuir la presencia de una gran puerta por el flanco occidental. Sin embargo, el acceso más lógico, debía realizarse por el mencionado extremo sur, donde es más probable la presencia de una puerta e incluso de un camino de carros. El extremo norte, con una pronunciada pendiente, no presenta restos fácilmente identificables.

La hipótesis más aceptada sobre el origen del castro de Irueña está, como ya hemos dicho, en la existencia de un oppidum indígena que sería posteriormente romanizado. Aunque sin demostrar, se cree que, durante la ocupación romana del castro, este llegó a ser elevado a la categoría de mvnicipvm. Dicho rango correspondía a la segunda categoría más alta para una ciudad romana.

En las inmediaciones del castro fue hallado un miliario que, junto a un sepulcro, fue trasladado al molino del Sobrado, donde se utilizó como dintel de la puerta. Gómez Moreno, que lo debió ver entre 1901 y 1902, afirma en su catálogo monumental de España que debía proceder de la puerta del castro que él denominó Puerta del Sol. Sin embargo, no fue hasta principios de 2010 cuando se procede a desmontar el molino y se identifican varios elementos arqueológicos integrados en su fábrica. Entre ellos, además del miliario, un sarcófago antropomorfo y basas, sillares y cornisas procedentes del castro de Irueña, cercano al molino.

El miliario, con unas dimensiones de 238 cm. de altura por 47 cm. de anchura y un grosor máximo de 37 cm. tiene el siguiente texto en la parte superior:

CXX / IMP (erator) / CAESAR / DIVI F(ilius) / AVGVSTVS / CO(n)S(ul) XI / IMP(erator) X Cuyo significado sería: 120 millas. Hijo del Divino César Imperator, Augustus. Cónsul por 11ª vez, Imperator por 10ª vez.

Miliario de Irueña / Foto: Paula Joaristi Alonso.

Teniendo en cuenta el texto, su datación puede oscilar entre el 1 de julio del año 16 a.C, fecha del inicio de la salutación imperatoria X, y el 5 de marzo del año 6 a.C, última fecha en la que coinciden el consulado XI y la salutación imperatoria XIII.

Por su ubicación geográfica en el castro de Irueña, parece que este miliario testimonia una vía diferente de la que iba desde Emerita hasta Asturica, la denominada Vía de la Plata. Es posible que corresponda a una vía que se iniciaba en Emerita y se dirigía a algún punto del occidente salmantino o incluso de los vecinos territorios de Portugal, ya que en todos ellos existen zonas mineras que fueron explotadas por los romanos. Hay que valorar que quizá el castro de Irueña pudiera ser mansio de esta vía, es decir, una parada oficial en la calzada romana. Estas mansio eran mantenidas por el gobierno central para el uso de oficiales y hombres de negocios a lo largo de sus viajes por el imperio. Podrían considerarse el precedente de las posadas, paradores y ventas. El miliario, que se conserva intacto, incluso la parte final con la que iba hincado en la tierra, fue trasladado al Museo de Salamanca el 21 de febrero de 2010 [3].

El interior del castro de Irueña se divide en cuatro espacios diferenciados en los cuales se han llevado a cabo investigaciones. En el centro se ubica el lugar conocido como el Palacio o la Plaza, donde debió asentarse un templo romano del que aún quedan restos monumentales como basas y tambores de columnas, tramos de podios y cimentaciones de grandes edificios construidos en mampostería y cantería de buena calidad, además de otros elementos de arquitectura romana.

Visita al castro de Irueña. Zona El Palacio.

 

Se cree que antes de la ocupación romana del castro, sus pobladores utilizaban para la construcción únicamente la pizarra, muy común en ese área, en lugar de acarrear grandes piezas de cantería desde otros lugares. Junto a este templo romano se debieron asentar los llamados Milagros de Irueña, que permanecieron en pie hasta hace pocos siglos. Se trataba de tres columnas que el historiador Sánchez Cabañas describe como similares a las de Ciudad Rodrigo y que él, a principios del siglo XVII, tuvo el privilegio de observar de pie en lo alto del castro.

Según relata en su historia civitatense, los vecinos del lugar, desde antiguo, se referían a ellas como los Milagros de Irueña. El estado en el que Cabañas encontró estas columnas fue el mismo en el que debieron estar las de Ciudad Rodrigo antes de que en el año 1557 se le añadiera el basamento inferior y cornisamento superior. Incluso hubo quien creyó que estas columnas podrían ser las mismas que las que Ciudad Rodrigo utilizaba como escudo, cosa improbable ya que el mismo Sánchez Cabañas las vio coexistir, unas se levantaban en la plaza Mayor de Ciudad Rodrigo mientras las otras estaban aún en pie en Irueña. Sin embargo, según los estudios geológicos de Gregorio Manglano, tanto las columnas de Miróbriga como las de Irueña procedían de la misma cantera, situada en las inmediaciones de Fuentes de Oñoro.

En 2019, entre unos papeles sueltos titulados Historia de Ciudad Rodrigo que se encuentran en el archivo de la familia Sánchez Arjona, fue descubierta una hoja suelta con unos breves apuntes manuscritos bajo el epígrafe Población de Urueña. A pesar de que en ellos no aparece ninguna fecha, se les supone en torno a finales del siglo XVIII o principios del XIX. En la descripción se afirma que siendo cierto que allí permanecieron tres columnas enterizas de más magnitud que las que usa esta ciudad por armas, sostenidas sobre firmes vasas asta el año 1730 en que el beneficiado de Guinaldo, con permiso del señor obispo Gregorio Téllez, echas pedazos las condujo para la obra de la ermita… [4]

Esto vendría a confirmar que las tres columnas romanas del castro de Irueña corrieron la misma suerte que otras tantas piezas y monumentos, que, tras largos años de abandono, terminaron siendo expoliados o reutilizados para la construcción de otros edificios. El castro de Irueña, abandonado en la Edad Media sin que aún conozcamos las causas, sufrió numerosos expolios de restos pétreos que pasaron a formar parte de estructuras y viviendas de Fuenteguinaldo.

El castro de Irueña debió vivir una época de decadencia tras la caída definitiva del imperio romano en el siglo VII, si es que su decadencia no había llegado antes, pues se cree que el castro apagó su existencia de forma significativa durante los siglos I al IV d.C.

Enterramientos Irueña.

Sin embargo, de esta época postromana altomedieval data un espacio cementerial ubicado en este mismo espacio denominado el Palacio. Estas tumbas se cree que pudieron ser enterramientos de algunos miembros destacados dentro de los distintos grupos de campesinos y pastores que habitaban la comarca. Dichas élites, tras la caída de Roma y ante la ausencia de un poder eclesiástico, serían enterradas en lugares considerados de cierto prestigio. Durante las últimas excavaciones en este citado espacio, realizadas a finales de 2018, se descubrieron nuevos sepulcros que permanecían enterrados. Uno de ellos, que de forma excepcional se encontraba absolutamente intacto, aún con su cubierta, tuvo que volver a cubrirse a la espera de una próxima excavación. Se supone que tanto este, como otros que posiblemente se descubran cuando se pueda continuar con las investigaciones, aún conserven restos óseos en su interior, lo que resultaría esclarecedor a la hora de fijar la cronología de creación de la necrópolis.

En ese mismo espacio se localizan las ruinas de un edificio religioso, una especie de iglesia o ermita cristiana que, como solía ser habitual, se construyó siglos después aprovechando aquel sagrado lugar de enterramiento anterior. Las excavaciones más recientes llevadas a cabo en Irueña a finales de 2018, tras algunos estudios estratigráficos del arqueólogo Manuel Carlos Jiménez González, han confirmado que ambos niveles fueron superpuestos sobre otro de época romana. Se trataría entonces de un nivel inferior, con cimientos de cronología romana, sobre el cual se superponen los sepulcros y posteriormente, sobre estos, se construye una edificación religiosa ya de época medieval de la que aún quedan rastros de estructuras murarias. Lo que nos muestra que la ocupación del castro tras la romanización, sino fue total al menos parcial, debió prolongarse al menos hasta la Baja Edad Media.

Otro de los cuatro espacios del interior del castro es conocido como La Calle, ubicado a unos 100 metros al sur del Palacio. Estas dos, fueron las dos áreas de excavación antiguas que se llevaron a cabo en los años 30 del siglo XX. En la Calle destaca de forma especial la presencia de un canal de desagüe construido con grandes sillares de granito reutilizados. A ambos lados de esta estructura se han documentado restos de basas, molduras, cornisamentos, frisos y fustes de columnas, lo que implica la existencia de construcciones de gran envergadura.

Existe un documento datado a finales del siglo XII en el que se trata la delimitación de los concejos de Ciudad Rodrigo y Sabugal durante el periodo repoblador de la zona. En él se hace alusión a la presa o embalse del Rolloso, cuyos restos arqueológicos, algunos aún visibles [5], encontraron los nuevos pobladores. A pesar de que se necesitaría llevar a cabo una prospección en el área [6] todo apunta a que la presa, que se encuentra a medio camino del curso del arroyo del Rolloso, es una construcción romana pues, además de los escasos restos que se pueden observar a simple vista, su destino final es el castro de Irueña, ubicado a escasos tres kilómetros. Nada extraño teniendo en cuenta la importancia que daban los romanos a la pureza del agua de consumo humano.

En el yacimiento se ha identificado un gran terraplén de tierra y piedras con forma cónica, entre cuyos restos aparecieron bloques y sillares de granito que formaban paredes escalonadas con una gran apertura en el medio, hacia donde discurre el arroyo del Rolloso. Poseía aliviaderos a ambos lados, los cuales revertían de nuevo el cauce aguas abajo. Las dimensiones de la zona arqueológica se estiman en 275 metros de largo por 20 de ancho y cuatro de alto, aunque en algunos tramos llega a alcanzar los cinco metros de altura [7]. Hoy en día, la densa vegetación y la acumulación de sedimentos hace cada vez más difícil la apreciación e identificación de cualquier tipo de resto arqueológico.

A pesar de que el yacimiento está aún a la espera de una prospección que aporte más luz, lo único que resulta claro es que, tras estos casi 3 km., el agua del Rolloso llegaba hasta las puertas del castro de Irueña, donde se localizó un gran depósito de aguas enterrado bajo las ruinas, en las inmediaciones de una de las puertas de la ciudad [8]. Quedamos deseosos de que, no a mucho tardar, una futura excavación y desbroce de la zona pueda aportar más luz a este yacimiento, aún desconocido.

Entre la densa maleza que cubre gran parte del cerro se encuentra la tercera zona del Castro de Irueña, denominada los Casetones, allí se han hallado numerosos fragmentos de latericios y tégulas. Es decir, ladrillos, tejas y material constructivo de época romana. Este lugar ha sufrido un expolio frecuente para la búsqueda de baldosas de barro. Por último, la cuarta zona diferenciada es la denominada los Hornos, ya que en ese espacio se han identificados dos estructuras con esta función.

Lo más posible es que el Castro de Irueña, al igual que el resto de la zona, se encontrara total o parcialmente deshabitado durante la llamada etapa de la repoblación de Ciudad Rodrigo, acaecida en el siglo XII. Tras siglos de abandono sería en este momento cuando el castro resucita. La primera referencia hallada en la documentación medieval de Ciudad Rodrigo se localiza en el año 1161, cuando se hace referencia a Urunia en el escrito fundacional de la diócesis civitatense [9], pues la aparición del castro fue utilizada, al igual que otros lugares de importancia arqueológica como Lerilla o Margarida, para delimitar el ámbito de actuación del nuevo obispado.

Aparece una nueva cita documental en 1168. Fue en este año cuando Fernando II de León donó el lugar de Oronia al obispado de Ciudad Rodrigo, que lo tuvo en su poder hasta la desamortización de Mendizábal. Con la expropiación forzosa y la posterior subasta pública acabó en manos privadas hasta que en 2008 fue adquirido por la Confederación Hidrográfica del Duero, en poder de quien permaneció hasta que en 2018 fue cedido al ayuntamiento de Fuenteguinaldo.

La última cita medieval sobre Irueña corresponde a un texto del año 1191, en la que el recién coronado Alfonso IX, confirma algunas propiedades cedidas anteriormente por su padre, Fernando II. Entre ellas se encuentra Uronia cum terminis suis per quos determinata fuit tempore prescesoris vestri episcopi domini dominici…[10]

Tras un enorme silencio documental, las primeras noticias arqueológicas sobre Irueña se las debemos al ya mencionado Manuel Gómez Moreno, quien visitó el castro en los años 1901-1902. También el sacerdote robledano Serafín Tella, canónigo de la catedral de Ciudad Rodrigo e investigador autodidacta, realizó numerosas visitas al castro años antes de que Domingo Sánchez llevase a cabo los primeros trabajos arqueológicos. Este sacerdote, llegó a tener miles de piezas arqueológicas descubiertas en la comarca de Ciudad Rodrigo, algunas de ellas obtenidas en los castros de Irueña y Lerilla.

Tuvieron que pasar otras tres décadas para que entre los años 1933 y 1934 se desarrollasen las primeras excavaciones en el castro. Se llevaron a cabo a cargo del investigador guinaldes Domingo Sánchez, humanista discípulo de Santiago Ramón y Cajal. Para dichas prospecciones recibió una subvención de 10.000 pesetas a cargo de la Junta Superior de Excavaciones de la Segunda República. El castro fue declarado Monumento Histórico el 3 de junio de 1931 bajo el nombre de Ruinas de Irueña.

Se llevó a cabo una intensa excavación del yacimiento con la metodología propia de la época. Parte del diario de excavaciones que su autor, Domingo Sánchez, escribió en 1935 han permanecido extraviadas durante décadas. Recientemente, la Asociación de Amigos del Castro de Irueña, ha encontrado la mayor parte de esa documentación perdida, la cual, han transcrito para facilitar su lectura y publicado en su Blog. Esta Asociación, fundada en 2015, lucha por promover actividades que ayuden a preservar y poner en valor el castro.

Las prospecciones más recientes se llevaron a cabo en 2014 y 2017 para la elaboración de un proyecto de intervención que fue redactado por Manuel Carlos Jiménez, Ángel León y José Marcos. Entre 2018 y 2019, en el marco del programa INTERREG V-A de Cooperación transfronteriza España – Portugal (POCTEP 2014-2020), promovido por la Junta de Castilla y León y la dirección general de Cultura Norte de Portugal, se han realizado nuevos sondeos arqueológicos en tres sectores. También se ha procedido a la instalación de la señalética de acceso y explicativa en el yacimiento, lo que facilita mucho la visita.

Para terminar, lo haremos con la leyenda que desde hace siglos la tradición oral cuenta sobre Irueña:

Cuenta la leyenda, que tras la caída del imperio romano el castro fue repoblado por los árabes. Un jefe musulmán, el moro Muza, que se hallaba profundamente enamorado de una noble cristiana, construyó un magnífico alcázar donde, como si de una prisión de oro se tratara, tuvo cautiva a la bella cristiana.

Muza pretendía casarse con ella, pero la astuta dama, sin llegarle a negar su consentimiento y dándole esperanzas, le entretenía con difíciles peticiones. De esta forma pretendía ganar tiempo para que sus parientes llegaran en su auxilio. La última petición que le fue hecha al moro consistía en llevar hasta el alcázar, por medio de un canal, el agua del río que corría bajo un profundo cañón. La petición parecía irrealizable, pero el enamorado musulmán construyó cuanto le fue preciso hasta que el agua corriente y cristalina llegó al alcázar. La tradición popular identificó esta legendaria obra con los restos del desagüe que allí se conservan.

En el último instante, cuando el moro pedía el cumplimiento de la promesa de matrimonio, la cristiana pudo ser rescatada. Así termina la leyenda del moro engañado por la bella cristina en la antigua ciudad de Irueña, pero la tradición aún alarga más la historia de la ciudad, que dicen fue prisión del Estado y que estuvo allí de paso don Jaime de Aragón, conde de Urgen y pretendiente fracasado del trono de Aragón en virtud del compromiso de Caspe, al ser derrotado por el de Antequera. Dícese también que aún los Reyes Católicos utilizaron el alcázar del moro en Irueña como prisión [11].

Beatriz Ramos Mota

[1] SÁNCHEZ MORENO, Eduardo: “Vetones y Wettonia: etnicidad versus ordenatio romana” en Luistanos y vetones. Los pueblos prerromanos en la actual demarcación Beira Baixa-Alto Alentejo – Cáceres, 2009, pp. 65-81.

[2] BENET Y LOPEZ JIMENEZ 2008: 169-170

[3] SALINAS DE FRÍAS, Manuel y PALAO VICENTE, Juan José: Nuevo miliario de Augusto procedente de Fuenteguinaldo (Salamanca). Archivo Español de Arqueología. Madrid. CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 2012, pp. 273-279.

[4] MORALES PAINO, Francisco Javier: “Las tres columnas de Ciudad Rodrigo y sus piedras terminales. Pesquisas e informe de la comisión Nacional de Antigüedades” Estvdios Mirobrigenses IV, pág. 82.

[5] Los restos del embalse están ubicados a la derecha de la carretera que comunica El Payo con Fuenteguinaldo, a la altura del kilómetro 18.

[6] La zona fue ligeramente excavada en 1991 y 2002, cuando se identificaron algunos restos de la posible presa.

[7] MORALES PAINO, Francisco Javier: Testimonios latentes de un pasado remoto. El “Envaysal de reloso”, una presa ¿romana? al sur de Ciudad Rodrigo.

[8] GONZÁLEZ RIVERO, Ángel: Las raíces milenarias de Fuenteguinaldo. El castro de Irueña y su romanización, 2017.

[9] Nota del A. Este documento se conserva actualmente en el Archivo de la Catedral de Santiago de Compostela.

[10] SÁNCHEZ ORO ROSA, Juan Jose: Orígenes de la Iglesia de Ciudad Rodrigo, Episcopado, Monasterios y órdenes militares (1161-1264), 1997, pp. 97-98.

[11] El Adelanto, Núm. 20368, 8 de julio de 1950, pág. 4.

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