La fotografía de hoy es de Álex Gutiérrez. Imagen de la clásica calle Compañía.

Cuenta el ex alcalde de la capital, Jesús Málaga, que Miguel de Unamuno recorría desde su casa de Bordadores la calle de la Compañía para llegar a su lugar de trabajo en la Universidad. Esta calle conventual, con paredones desnudos de iglesias y monasterios monumentales a los lados, se muestra con tal singularidad y sobriedad que hizo exclamar más de una vez a Unamuno que era la más bella de Europa. Contemplada desde Monterrey con la Clerecía al fondo, o desde la Casa de las Conchas, con las Agustinas al final de la misma, produce ahora, y seguro que entonces, una emoción indescriptible, difícil de explicar si no es por la comparación con otras calles de la vieja Europa. Y eso que Unamuno se perdió la calle de la Compañía de mi infancia, con cientos de seminaristas con sotanas y manteos de todos los colores y tejas, gorros y bonetes de varios tamaños, cuando poco antes de dar las nueve en el reloj de la catedral los seminaristas se encaminaban a las clases de la recién reinstaurada Universidad Pontificia. Este Estudio acogía entonces a cientos de estudiantes de teología, filosofía y derecho canónico. Eran otros tiempos, los del nacionalcatolicismo, y otra ciudad, la que guardaba las esencias de una forma conservadora de pensar y de concebir la Iglesia.

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