La fotografía del día es de Laura Álvarez. Una bella estampa del atardecer en la capital con una gran bandada recorriendo el cielo.

Miguel de Unamuno nos regala la poesía «Muere en el mar el ave que voló del buque».

Me duelen las alas, rendidas del vuelo,
el pecho me duele; arriba está el cielo
y abajo está el mar.

No veo ya el buque ¿por qué de él saliera
creyendo a la isla de paz duradera
poder arribar?

El cielo callado no ofrece ni rama
que pueda tenerme y fiero el mar brama;
¿por qué te dejé?

Ni en aire ni en agua posible es posarme;
las alas me duelen; el mar va a tragarme
¡y muero de sed!

Las alas me duelen, la sed me enardece;
ya casi no veo; la Esfinge me ofrece
sus aguas sin fin.

Y el canto de cuna, me canta la tumba
y espera cantando que pronto sucumba;
tragarme ella en sí.

Volando, volando, no encuentro un islote,
ni un tronco perdido; y el viento es mi azote;
no puedo posar.

Las olas traidoras, sus crestas me brindan
que fingen peñascos, que tal vez me rindan,
me logren tragar.

Son olas traidoras, del cielo las crestas,
pedrisco tan sólo soportan a cuestas,
en su cerrazón.

Nos mienten sus flancos; les falta sustento;
en ellos no puedo, posada un momento,
cobrar corazón.

Aire sólo arriba, sólo agua debajo,
yo sólo mis alas, ¡qué recio trabajo
éste de volar!

¿Por qué, oh dulce buque, dejé tu cubierta,
volando a la patria, que encuentra desierta,
de la inmensidad?

Mi buque velero, soñé en tus cordajes
del bosque nativo los dulces follajes,
el nido de amor.

Tus velas me dieron su sombra y su abrigo,
dejé tu cubierta, ¡qué duro castigo
me aguarda. Señor!

Me duelen las alas, ¡ay! me duele el pecho,
y terribles ganas —abajo está el lecho—
siento de dormir;

de dormir el sueño de que no se vuelve;
mi encrespada cama ¡cómo se revuelve!
¿qué será de mí?

Ahora, mar encima, cielo abajo veo
todo ha dado vuelta, menos mi deseo,
¡fuerza me es volar!

Sobre mí el océano siento se embravece,
a mis pies el cielo tiéndese y me ofrece
su seno de paz.

Sobre mi cabeza ruedan ya las olas,
ved que ye me muero, que me muero a solas,
¡sin consolación!

¡Oh, qué hermoso cielo veo en el abismo!
¿si será aquel cielo? ¿si será éste el mismo?
¿si será ilusión?

Va el cielo a tragarme; ¿es que subo o caigo?
¿es que me desprendo, o es que prendo arraigo?
¿es esto morir?

¿Dónde está el abajo? ¿Dónde está el arriba?
¿es que estoy ya muerta? ¿es que estoy aún viva?
¿es esto vivir?

¡Oh, ya no me duelen, ved, sobre ellas floto,
la cabeza hundida, y en el pecho roto
me entra entero el mar!

Voy en él durmiendo, voy en él soñando,
voy en él en sueños volando, volando,
sin jamás parar.

autógrafo
Miguel de Unamuno